domingo, 16 de febrero de 2014

Torturado por Vargas, perseguido por Franco, condenado por Carrillo

«Brasileño: Por fin lo cazamos. Este canalla se nos escurría como una sanguijuela. Logramos localizarle en la comarca de Lalín. Allí movía los hilos de ciertos grupos aventureros y descontrolados. Es un provocador que nos dio muchos disgustos y, aunque tarde, lo hemos eliminado». Este párrafo figura en un informe que se encuentra en el Archivo Histórico del Partido Comunista de España.
Víctor García García fue asesinado en febrero del año 1948. Pasados unos días, un enlace del partido llamó a la puerta de una casa de Vigo. La franqueó María de los Ángeles Fernández Roces, a quien le comunicó que su esposo había muerto.
No le dio más información. Su calculada discreción buscaba un objetivo: que atribuyese su fallecimiento a la Guardia Civil. Y lo consiguió durante sesenta años.
Nacido en Quirós (Asturias), el 20 de septiembre de 1908, Víctor García emigró con 16 años a Brasil junto a sus dos hermanos y sus padres, donde se afilió al Partido Comunista. Su compromiso lo puso varias veces al borde de la muerte y, en una de ellas, un compañero se interpuso en el camino de una bala que iba dirigida a él.

REFRIEGA. Corría el año 1931, sucedió en Santos, y resultó herido y detenido en la refriega. Pero logró huir del hospital para acabar siendo detenido en São Paulo después de evitar en varias ocasiones ser apresado por la policía del dictador Getulio Vargas.
«Le arrancaron las uñas de los pies y las manos y le quemaron las plantas de los pies», explicó su hermana, Julia, en una entrevista realizada por el equipo encargado del Proxecto Integrado, del Arquivo Público do Estado e Universidade de São Paulo.

Fue deportado a España en 1933, y de su presencia en el país sudamericano le quedó uno de los sobrenombres por el que fue conocido, el de ‘El Brasileño’, y la semilla de la conciencia proletaria que lo empujó a participar en la Revolución de Octubre de 1934 en Asturias.
La consecuencia de haberse implicado en el levantamiento fue su detención y posterior internamiento en dos cárceles, en la Modelo, de Oviedo, y El Dueso, (Cantabria). Pudo volver a la calle tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936.
«Somos casi los amos, pero todavía hoy mucho que hacer, todavía los fascistas no han desaparecido como fuerza a pesar de que van camino de ello», comentaba en una carta enviada a su hermana el 1 de abril.
«También se está resolviendo el problema del paro y se está repartiendo la tierra entre los campesinos», agregaba.
La misiva fue interceptada por la Policía del Gobierno de Getulio Vargas antes de que llegase al  número 5 de la calle Sergipe de Santos, y la consecuencia fue la expulsión del país de su hermana Julia durante 20 años.
Estalló la Guerra Civil y defendió la República contra el levantamiento fascista como comisario de las Brigadas Internacionales en el Frente Norte y Catalunya.
En algún lugar del frente conoció a María de los Ángeles Fernández Roces, Gelina, miliciana e hija de un minero. Se casaron el 28 de junio de 1937. «Fue una etapa muy feliz, a pasar de las desdichas», afirma Víctor García Fernández, hijo de ambos.
Pero la derrota le hizo conocer la ferocidad de los seres humanos. Nada supo por un tiempo de su esposa. Los falangistas le cortaron el pelo a Gelina. En varias ocasiones  se llevaron a un abuelo, un tío y a su madre, asegurándole que iban a fusilarlos si no lo delataba.
Acabaron los combates y Gelina tuvo que sacar adelante a su familia. Acarreó carbón en cestos de mimbre desde los trenes de mercancías hasta los hornos de fundición de Duro Felguera y, como el salario no bastaba, también trabajó de criada.
Los optimistas vaticinios de ‘El Brasileño’ no se cumplieron y el ejército de Franco acabó con el Gobierno de la República, con el  apoyo de Hitler y Mussolini. Llegada la hora amarga de la derrota, no buscó la protección del exilio en París, Moscú o La Habana.
Tras una breve estancia en Francia, la Internacional Comunista le encomendó la reorganización del Partido Comunista y la creación de la guerrilla en Galicia. Su base de operaciones  quedó establecida en Oporto y varias localidades de la provincia de Ourense fronterizas con Portugal.

COMBATIENTES. Animado por el empeño de derrocar por las armas la dictadura que había pisoteado la voluntad democrática de los españoles, ‘El Brasileño’ contribuyó a crear un batallón en el que se integraron casi un millar de combatientes.
De acuerdo con el mandato de la Internacional Comunista, utilizó hasta cuatro sobrenombres: Antonio Brasileño, Estanillo, Manuel Brasileño y Antonio Ortiz Risso. Su dominio del portugués le ayudó a pasar desapercibido mientras se ocupaba de crear una base de lucha antifranquista, y logró establecer vías de comunicación entre el Partido Comunista de España y  su dirección, que se encontraba entonces en Cuba.
En 1940 existía una incipiente organización, con bases en Oporto y Lisboa, pero la que se encontraba instalada en la capital portuguesa cayó un año después, y ‘El Brasileño’ se convirtió en el único interlocutor, narra José Pacheco en una biografía del líder comunista  portugués  Álvaro Cunhal.
‘El Brasileño’ impidió que Cunhal y el grupo que lo apoyaba le usurpasen su autoridad, y para tratar de encauzar las deterioradas relaciones entre lusos y españoles, se celebraron unas conversaciones  en las que participaron Álvaro Cunhal, Manuel Domíngues, Santiago Carrillo y Víctor García,
  ‘El Brasileño’ desplazó sus fuerzas hasta la frontera con Galicia para huir de la presión policial. A finales de 1943 logra evitar que lo detengan en Melgaço, y en el enfrentamiento armado muere un policía.
El entente con Cunhal duró poco tiempo y se corta el tránsito de los guerrilleros retenidos en el país vecino, escribe Pacheco. La etapa en Portugal llega a su fin.
En España es detenido, pero la Policía no logra identificarlo y consigue huir de la prisión. El historiador Alberto Maceira precisa que Víctor García fue nombrado secretario general del PCG en las minas de Fontao (Silleda), donde miles de personas extraían wolframio destinado al Ejército de Adolf Hitler, muchas de ellas condenadas a trabajos forzados.
En 1944 trasladó su base de operaciones a Vigo, y fue entonces cuando se desplazaron desde Langreo hasta esta ciudad su esposa, Gelina, y su hijo, Víctor. Carrillo, que había dejado Moscú para instalarse en París, ganaba terreno e iba a convertirse en el secretario general del partido.
‘El Brasileño’ se mantuvo fiel a Jesús Monzón, un líder navarro de extracción burguesa defenestrado por Carrillo, que también lo condenó a él. La orden de matarlo estaba dada. Él tomó precauciones porque lo intuía.
Víctor García recuerda las visitas que hacía su padre a la casita que ocuparon en el barrio vigués de O Calvario, donde vivió entre los cuatro y los seis años. Duraban entre tres y cuatro días, vestía una de gabardina y llevaba una cartera. «Decía que era viajante y quería hacer de mí un pequeño comunista, para lo que me cantaba canciones de la joven guardia y la Marsellesa», comenta.
La soledad fue otra de las características de aquellos tiempos de la infancia. «Al estar en la clandestinidad, mi padre tenía miedo de que me preguntasen por él y pudiese comentar algo que levantase sospechas».

EN VIGO . Para evitarlo, sus relaciones con el vecindario fueron mínimas. Víctor miraba a través de un seto como un niño de su edad jugaba con su coche de pedales por el jardín. «Lo espiaba», recuerda.
Una noche se despertó sobresaltado por la presencia de un puerco -espín sobre su cama. Se lo había traído su padre. Era un regalo, «pero me llevé un susto de muerte», puntualiza. «Fue mi amigo y mi compañero de juegos hasta el día que se escapó», comenta.
Mientras, Gelina, su madre, se ganaba la vida vendiendo jabón por las calles de la ciudad, ocupación que compaginaba con la de sirvienta en la vivienda de un médico. Hasta que un día se presentaron en su casa los enviados del Partido Comunista anunciando la muerte de su padre con una fórmula impersonal y escueta.
Cuando las cosas parecían enderezarse todo se vino abajo y tuvieron que regresar a Langreo, donde tiró de un carro para vender pan puerta por puerta. Con su sacrificio y una beca logró que su hijo estudiase Medicina. «Siempre miró hacia adelante», subraya Víctor García Fernández, que se convirtió en jefe de Cirugía del Hospital de Cruces (Vizcaya) y profesor adjunto de la Facultad de Medicina.
Para evitarle más sufrimientos a Gelina, aplazó hasta su muerte la tarea de investigar dónde se encontraba la tumba de su padre.
Su primer paso fue ponerse en contacto con la Universidade de Santiago. Lo hizo en 2008. Pocos días después había conseguido más de lo que esperaba, porque además de encontrarla, con la ayuda de Alberto Maceira, las investigaciones de Hartmunt Heine, un profesor de Historia de la Universidad Libre de Berlín, le permitieron descubrir que la Guardia Civil no lo había matado. «La orden vino de Carrillo», recalca.
El secretario general del Partido Comunista de España, Francisco Frutos, no le respondió a una carta que le envió en 2009 pidiéndole explicaciones, pero en el mismo año recibió las condolencias del su homólogo del PCG, Carlos Portomeñe. «Me pidieron perdón por el asesinato de mi padre, fruto, según expresaron, del revanchismo de Santiago Carrillo», expone.

LA TUMBA. Bajo una ventana de la iglesia de Moalde (Silleda), el 21 de marzo de 2009 fue instalada una lápida en memoria de su padre. «Éramos tres o cuatro personas y, como sucede en los pueblos, aparecieron varios espontáneos», dice Víctor García. El destino aún le tenía guardada otra sorpresa.
Uno de ellos se le acercó. «Yo lo he visto muerto, me dijo». Se llama José Fuentes, hoy supera los 90 años y entonces estaba haciendo el servicio militar.
José Fuentes le contó a Víctor García que a un vecino le llamaron al atención los ladridos de los perros que acompañaban a un grupo de personas en su caminar hacia el molino, situado en Río do Porto, y los siguió monte arriba hasta una zanja. Allí se encontraba su cuerpo, medio comido por las alimañas, con el cuello seccionado y parcialmente separado del tronco, cubierto por hojas.
Lo envolvieron en una sábana y lo tiraron en el suelo, cerca de la iglesia. Alguien pidió unos tablones para construir y una caja y José Fuentes los llevó de su casa. El cura ordenó que no lo enterraran en terreno bendecido.
«Las señas de este sujeto eran, estatura baja, fuerte, cabeza grande, cara ancha, nariz gorda, orejas pequeñas, con dos dientes de oro y cinco de marfil», detalla su partida de defunción. Las piezas de oro le fueron arrancadas.
«Al fin puedo decirte que nunca vas a estar solo», le prometió un emocionado Víctor García Fernández ante su tumba.

Diario de Pontevedra (15-02-2014)


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