domingo, 16 de febrero de 2014

Arousa, la ciudad que pudo ser

El alcalde de Vilanova de Arousa, Aurelio Mouriño, fue agredido, «teniendo que huir por caminos escondidos», precisaba el ‘Heraldo de Madrid’ el 4 de junio de 1934. En la crónica figura que dos comerciantes de la localidad, uno de ellos también depositario municipal, y el presidente de la Cámara de Comercio de Vilagarcía, Adolfo Llovo, sufrieron un boicot.
A las lecheras de la parroquia de András les arrojaron su mercancía por el suelo, la casa del regidor fue apedreada, al igual que la vivienda del secretario municipal, José Trigo. Y sus autores le habrían prendido fuego de no haber acudido al lugar la Guardia Civil.
Alguien cortó las líneas del tendido telefónico para dejar aislada Vilanova, «al tiempo que se impedía a los concejales del extrarradio acercarse a la capital del municipio mediante la vigilancia de los caminos principales», relata.
Y no queda ahí el asunto. El ‘Heraldo de Madrid’ publicaba que había «confidencias» de un intento de volar la casa del secretario, cuyos eucaliptos fueron cortados, y de la colocación de una bomba en la Praza de Abastos.·
Todos estos sucesos, y otros más, como una huelga general, celebrada el día 16 de mayo, la primera y única registrada en el municipio arousano, jalonan el convulso proceso abierto por los partidarios de que tres de sus siete parroquias pasasen a formar parte del municipio de Vilagarcía, en una estrategia cuya finalidad era la absorción de Vilanova para formar lo que sus promotores denominaron la Ciudad de Arousa, «esa gran urbe de la Galicia occidental, siempre soñada y nunca realizada», apunta Manuel Villaronga en su libro ‘La Ciudad de Arousa’, en el que está documentado este reportaje.
«Se puso en juego algo más que un movimiento de fichas territoriales: se enfrentaban distintas formas de ser, de entender la vida: Por un lado, los vilanoveses que vivían del mar, simbolizados en la vieja oligarquía conservera y salazonera -los Llauguer, Pombo, Pérez Lafuente...- de la Vilanova capital, de carácter conservador, que hundía sus raíces en los primeros fomentadores catalanes», expone  el historiador vilagarciano.
La otra eran los vilanoveses del interior, cuya vida giraba en torno a la producción agrícola y tenía su expresión colectiva en la potente Sociedad de Agricultores de Baión, liderada por Eduardo Puceiro, que había hecho fortuna en América y difundía sus ideas republicanas  y de izquierda, y Adolfo Fojo, un indiano que adquirió la finca O Fontán, conocida más tarde por el nombre de Pazo Baión.
Las diferencias con A Illa de Arousa, la incomodidad que sentía Baión con Vilanova, los republicanos contra los monárquicos, los de izquierdas contra los de derechas, y los de derechas de Vilanova contra los de derechas de Vilagarcía completaban un cóctel explosivo en el que el estallido de la Guerra Civil ejerció como detonante.
El primer chispazo segregacionista de Baión se produjo en 1884, cuando solicitó su incorporación al Ayuntamiento de Rubiáns. 20 años después, un grupo de vecinos pidió que su agregación a Vilagarcía. Tenía entonces 1.481 habitantes, frente a los 856 de Vilanova, cuyo Pleno la rechazó.
«La solicitud no la tiene suscrita ni la vigésima parte de aquellos vecinos, y que los que aparecen en ella firmando, algunos fueron sorprendidos y hoy están arrepentidos de haberlo hecho, otros no son contribuyentes... por tal manera que tal proyecto solo parte de dos o ters genios mal avenidos, injiridos (sic) por otra mano oculta», argumentó entonces.

MEIS TAMBIÉN. Pero hubo otros dos más. «Ya que se trata de la anexión de Carril y Villajuán, bien puede acordarse la de Bayón, para formar todos ellos la Gran Ciudad de Arosa», planteada el periódico local ‘Galicia Nueva’ en 1907, y en 1927, un grupo de vecinos se dirigió a ‘Faro de Vigo’ solicitándole su apoyo en el intento de «anexionar esta parroquia al ayuntamiento más cercano, o sea, el de Meis».
«Una cosa quedaba clara: la llama estaba prendida e iba a ser muy difícil apagarla», advierte Manuel Villaronga. Los partidarios de la segregación revitalizaron el proyecto aprovechando el triunfo del Frente Popular en las elecciones municipales de abril de 1931. «Una vez más las parroquias del interior, esta vez con el apoyo de A Illa, volvían a aliarse contra el litoral. Una vez más, el sueño de la Gran Ciudad de Arousa volvía a resucitar», expone.
Pero la composición de la Corporación apenas cambió, y los Santos, Llauguer, Canabal y Pérez Lafuente, representantes de las familias que habían estado en el poder desde hacía décadas, seguían ostentándolo. El alcalde, Emilio Santos, y cinco ediles dejaron sus cargos cuando aún no había transcurrido un año.
El secretario puso en conocimiento de los hechos al gobernador civil, y Manuel Llauger se hizo con la Alcaldía de forma interina. Por orden gubernativa fueron nombrados los nuevos ediles y en este grupo figuraba Aurelio Mouriño.
La división en dos bandos, comandados por Aurelio Mouriño y Francisco Lafuente, quedó establecida. Ambos contaban con el mismo número de concelleiros: ocho. Dos votaciones para elegir alcalde depararon sendos empates. Y fue necesario apelar a la diosa fortuna para resolver el entuerto.
Cada edil escribió el nombre de su candidato en un papel que el secretario, José Trigo, introdujo en una bola y, a continuación, en una urna transparente. Trigo fue el encargado de extraer una con el nombre del elegido, que fue Aurelio Mouriño.
Escandalizados, al considerar que se había producido una trampa, Lafuente y los suyos abandonaron el Concello. «El señor secretario eligió a sabiendas la bola que tuvo por conveniente, por lo cual el nombramiento de alcalde fue debido no a la suerte, sino a la voluntad del mencionado señor secretario», sentenció.
En cuanto se supo que la pretendida segregación no se iba a limitar a Baión, sino que la operación significaba la fusión de Vilanova y Vilagarcía, Mouriño perdió el apoyo de cuatro de sus ediles y la oposición se hizo con todas las comisiones de gobierno. En enero de 1934, la Corporación le abrió un expediente disciplinario al secretario, que Trigo califico de «propósito de venganza».
Los vecinos de Baión aprobaron en una asamblea, el 15 de abril, su anexión a Vilagarcía y, para complicar un poco más las cosa, A Illa de Arousa se proclamó república independiente. Lo que no pasó de una broma de bar puso en marcha a la Marina y hubo detenidos.
Ajeno a la tensión, y después de que los vecinos de Baión hubiesen dado traslado del resultado de la asamblea al alcalde de Vilagarcía, Carlos Fernández, donde ya se hablaba de la fusión de los dos municipios,  Mouriño convocó a las fuerzas vivas para abordar la reivindicación de Baión.  Los opositores cubrieron los caminos de octavillas y se desplazaron hasta Pontevedra para reclamar al gobernador que frenase el proceso.

LOBEIRA. «Desgraciadamente, existen siempre mentalidades decrépitas que, viciadas por un egoísmo desmedido, trataron, para satisfacer bastardos intereses, de obstaculizar toda labor de mejoramiento», publicaba el ‘Galicia Nueva’. El artículo estaba firmado por Lobeira, seudónimo utilizado por Trigo.
La tensión fue en aumento, y en el Pleno convocado el 12 de abril de 1935, un grupo de vecinos invadió el Concello, forzando a Mouriño a dimitir. La Guardia Civil desalojó el edificio y el regidor hizo constar que abandonaba bajo coacciones y «un miedo insuperable».
‘El Pueblo Gallego’ aconsejaba dejar para más adelante este asunto porque bastantes problemas había en España, y que se discutiese entonces si Vilanova debía seguir siendo un municipio o repartido entre Vilagarcía y Cambados. No escucharon su recomendación en A Illa, donde expresaron en tres asambleas su decisión de seguir a Baión, al igual que András.
La suspensión de tres ediles acusados de instigar el asalto a la casa del alcalde y la renovación de otras tres actas, dos por fallecimiento y una por dimisión, ordenada por el gobernador dieron de nuevo la mayoría a Mouriño, que convocó el Pleno para ratificar la segregación de tres parroquias.
La sesión tuvo lugar el 26 de abril, y el acuerdo fue adoptado por once votos contra cinco. «Cinco ediles que habían votado no a la elección de Mouriño como alcalde votaron sí a la segregación. En cambio, cuatro concejales que había votado sí a la alcaldía de Mouriño, y que formaban parte de su grupo de gobierno, votaban ahora no», precisa Villaronga. El galimatías era absoluto.
Quien lo tenía muy claro era el secretario y por eso, José Trigo hizo constar en el acuerdo que se incorporaría al «Ayuntamiento de Vilagarcía con el haber de seis mil quinientas pesetas, que con dos quinquenios, a razón de quinientas pesetas cada uno, hará un total de siete mil quinientas». Era padre de nueve hijos, indica el historiador.
Hasta seis recursos fueron presentados. El 16 de mayo se celebró una huelga general, y el alcalde solicitó el traslado provisional de la sede del Concello por haber recibido amenazas de muerte. La petición fue aceptada por el gobernador, y la casa del secretario se convirtió en la sede de la soberanía municipal.
«Villanueva en completo desorden, titulaba el ‘Heraldo de Madrid’. Por si fuera poco, Tremoedo también quiso ser de Vilagarcía, cuyo gobierno le dio la bienvenida de inmediato. «Con San Deiro tan vinculada a Cambados, con Caleiro tan cercana a Vilaxoán y con Vilanova-capital tan encerrada en sí misma, la desaparición de ésta como ayuntamiento era una posibilidad nada descabellada», argumenta Manuel Villaronga.
Se sucedieron los obstáculos para impedir que los promotores de los recursos se hiciesen con la documentación que necesitaban. La ilegalidad de los acuerdos adoptados por un alcalde que había dimitido, la falta de apoyo vecinal y la carencia de una memoria económica fueron las tres bases en las que se fundamentaron.
Mientras la tramitación judicial seguía su itinerario, el gobernador civil nombraba una nueva corporación interina, cuatro días después del triunfo del Frente Popular, con Ramón López al frente, que primero fue aliado y después rival de Mouriño.

LA SENTENCIA. La sentencia se hizo pública el 23 de febrero de 1937. El Tribunal de lo Contencioso de Pontevedra declaró nula la segregación «tan ligeramente llevada a efecto, con notorio menosprecio de las más elementales formalidades legales», aún reconociendo la legitimidad del respaldo popular con que contaba. El fallo fue ratificado por el Tribunal Supremo en el año 1945.

Y así finalizó el episodio, pero la historia no se detiene. «Las tensiones territoriales siguen vigentes -los municipios, como las personas, nacen, crecen, se desarrollan y mueren- y el debate sobre la necesidad de acabar con el inframunicipalismo continúa abierto, por esta razón, nos tememos que el caso de Vilagarcía de Arousa, como el de tantos otros, no está, ni mucho menos, cerrado», advierte Villaronga.

Diario de Pontevedra (12-01-2014)

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